Revuelta en la ciudad


Los viajes se acabaron, lejos dejé las costas infinitas i desoladas, las salidas de sol del Antártico, las puestas en el Pacífico, los quilómetros polvorosos, las noches en hamacas, amaneceres fríos, miradas perdidas en silencio, horas de buses, fronteras, ciudades caóticas, pueblitos encantadores, su gente, su cultura, arroz y frijoles, la pura vida.
De vuelta a la ciudad, descolocada, me esperan impacientes en el aeropuerto. Día de deshaceres, de explicaciones, de charlas, de una puesta de sol urbana acompañada de los de aquí y luego....la gran sorpresa. Cómo una aparición, de aquellas que llegan en el momento en que menos te lo esperas, que te hace temblar las piernas y te dejan con la consciencia bloqueada, aparecen en el Pont Neuf, con toda naturalidad como si ese fuera su trayecto habitual. Nos brindan una cena maravillosa, acompañada de muchas historias con voces nuevas y de voces ya conocidas, pero tan esperadas. Día perfecto en Albí, con museo y catedral, una buena cafetería y algunos recuerdos que resultarán ser más sorpresas a su partida. Vuelta a Toulouse, cena y división del grupo.
El domingo amanece más lluvioso y con piedra, pero parece que el tiempo quiere acompañarnos y nos regala unos rayos de sol visitando Saint Aubin y el Jardín Zen. A la comida le sigue un postre muy esperado y autóctono: las crèpes. Café en casa para despejar los sentidos y otra de las ya conocidas despedidas en el Pont Saint Michel, esta vez menos dolorosa por el tiempo que nos separa, pero no por ello con menos agradecimiento por la visita. ¡Así de directa y perfecta!
De vuelta a la ciudad, descolocada, me esperan impacientes en el aeropuerto. Día de deshaceres, de explicaciones, de charlas, de una puesta de sol urbana acompañada de los de aquí y luego....la gran sorpresa. Cómo una aparición, de aquellas que llegan en el momento en que menos te lo esperas, que te hace temblar las piernas y te dejan con la consciencia bloqueada, aparecen en el Pont Neuf, con toda naturalidad como si ese fuera su trayecto habitual. Nos brindan una cena maravillosa, acompañada de muchas historias con voces nuevas y de voces ya conocidas, pero tan esperadas. Día perfecto en Albí, con museo y catedral, una buena cafetería y algunos recuerdos que resultarán ser más sorpresas a su partida. Vuelta a Toulouse, cena y división del grupo.
El domingo amanece más lluvioso y con piedra, pero parece que el tiempo quiere acompañarnos y nos regala unos rayos de sol visitando Saint Aubin y el Jardín Zen. A la comida le sigue un postre muy esperado y autóctono: las crèpes. Café en casa para despejar los sentidos y otra de las ya conocidas despedidas en el Pont Saint Michel, esta vez menos dolorosa por el tiempo que nos separa, pero no por ello con menos agradecimiento por la visita. ¡Así de directa y perfecta!

1 Comments:
que no acaben nunca las sorpresas!
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